Patache en el puerto

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El año pasado, en una entrevista concedida por el presidente de la Central Unitaria de Trabajadores, Arturo Martínez, durante su apurado almuerzo en el sencillo restaurante Il Sucesso de Alameda, al que acude regularmente desde hace veinte años, el dirigente declaró: «No, pues. Un dirigente no puede ser mañoso. Hay que comer lo que venga, donde sea».

Pues bien, el reciente 21 de mayo le tocó a Martínez comer «lo que viniera» en un restaurante de Valparaíso y se armó la zamba canuta, nombre que curiosamente se corresponde con el del chic merendero de marras, regentado por un ex mirista de apellido Machuca, ahora reciclado en banquetero y al parecer buen amigote de los chicos de la multisindical. Por el patache en cuestión se pagó, dicen, una suma que, más que gastronómica, habría resultado astronómica, según consta en unas fotocopias del cheque girado y la boleta emitida. La duda que aún no se aclara es si fueron 4, 5, 6 ó 36 los comensales reunidos en torno al mantelito blanco de esa humilde mesa donde compartieron el pan sindical.

El asunto se convirtió enseguida en noticia nacional de primer plano, como si no hubiese en Chile una convulsión social mayúscula de donde espulgar notas de relevancia infinitamente mayor, más graves y gravosas para el devenir republicano, que una reunión de camaradería un poquito onerosa. Y, cómo no, la dominatriz que hace las veces de ministra del Trabajo aprovechó la oportunidad para soltar un rato del cuello al Fra Fra e ir a darle con la guasca a Martínez y su séquito, comentando la «noticia» en una alocución de marcado acento luterano, donde apuntó: «Esto da mucha pena porque contribuye al descrédito de quienes ocupamos cargos importantes». Con ello, la secretaria de Estado puso en duda, sin fundamento alguno, el origen de los fondos desembolsados por los comensales.

No sabemos si fueron 3 ó 386 ó 3.500 los invitados a esa liturgia de langostas y whiskys escoceses con más años que el Sapo Livingstone y la Sarita Vásquez juntos. Ni sabemos cómo diantres el compañero Machuca mantiene en su plantel de garzones a unos mosaicos tan endemoniadamente boquiflojos y desleales pese a la gruesa propina recibida. Ni siquiera está claro qué elaborado menú se sirvió Martínez en lugar de su querida Bilz de siempre y su pollo arvejado de Il Sucesso. Sea como haya sido, nos preguntamos: ¿por qué no podían variar por un día el aguerrido don Arturo y su comparsa la harto cabreadora colación de sus últimos veinte años?

La única conclusión que cabe sacar de este «fundamental hecho histórico» es que el compañero Machuca se sentó bien sentados a sus clientes con la cuenta. Ni siquiera les hizo el esperable «cariñito» de rigor, según parece, a menos que efectivamente hayan sido 36 comensales, como afirma Martínez, lo que convertiría el ágape en una ganga ascendente a unas 15 lucas por cabeza, un razonable precio de parrillada tipo Los Buenos Muchachos. En cualquier caso, el malhadado Zamba Canuta se coció en su propia salsa de coñac, delación y carajada. Políticos y dirigentes sociales ahora pasarán de largo hacia otros merenderos, donde la lealtad sea el plato fuerte de la casa, aunque no venga de Juan Fernández ni esté flambeada con cointreau.

¿Por qué el aguerrido Arturo Martínez y su comparsa no podían variar por un día la harto cabreadora colación sindical de sus últimos veinte años?

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