Rara vez miramos la ciudad con la distancia de la cámara cinematográfica, salvo en momentos fugaces de felicidad o de serenidad extrema.
No sé cómo lo hacen en las películas para que las ciudades aparezcan en ellas con un asombroso efecto de continuidad. Incluso Santiago, registrada en cine, parece un lugar ajeno, ideal, con atmósfera y aura, a tal punto que podríamos hablar de «sus misteriosos dédalos». Eso no tiene nada que ver con la experiencia diaria: rara vez miramos la ciudad con la distancia de la cámara cinematográfica, salvo en momentos fugaces de felicidad o de serenidad extrema.
Aun las películas que insisten en mostrar una realidad degradada caen en un esteticismo que parece ser inherente al género. Cuando Michael Winterbottom filmóWonderland , hace más de diez años, pensando darle un carácter de documental a una historia ficticia, prefirió hacerlo con camarógrafos de las noticias de la televisión y no con los de cine: temía que los últimos se engolosinaran estéticamente con la idea del documental. En definitiva quería limpiar de ideas a su mirada sobre la ciudad -Londres, en su caso- y los destinos que concurrían en sus calles cruzadas de papeles llevados por el viento.
Supongo que si yo hiciera una película en Santiago -y en su argumento la ciudad tuviera una presencia importante- filmaría algunas escenas en el Puente Carrascal. No sé bien todavía por qué, quizás por la melancolía industrial de ese enclave de antiguos suburbios, por su paisaje de faroles pálidos, techos de zinc y anocheceres más bien lúgubres. También registraría a algún perro callejero en actitud de alerta, con las orejas paradas, como si estuviera percibiendo los signos, vedados a los humanos, de una catástrofe inminente.
Hace un par de meses circuló por internet una película en colores en la que aparecía Santiago en 1937. Lo impresionante, aparte de la infinidad de fantasmas con trajes de verano que cruzaban la pantalla, era el hecho de que reconocíamos nuestra ciudad, si bien podría haberse tratado de Chicago: había algo en la tecnología de la imagen que lograba que nuestra ciudad se viera como cualquier ciudad norteamericana del momento.
Pero lo que quería decir en el principio es esto: que la mirada cinematográfica de la ciudad probablemente amplía nuestra mirada cotidiana. Lo que se pierde en el tránsito entre una esfera y otra es la experiencia misma, llena de pensamientos entrecortados, palabras inútiles, gestos de cansancio inadvertidos, malos recuerdos insignificantes, tonteras, suciedad, polvillo existencial y basuras menores.
Una película que conservara y mostrara este tipo de sedimentos se haría rápidamente intolerable. De hecho, me imagino, su argumento no podría avanzar jamás, demorado siempre por remisiones equivalentes a nada.
Es claro, en este sentido, que nuestra vida es así: sin argumentos, sin síntesis. Nos sumergimos en el metro como si éste fuera una zona del olvido, una maquinaria pensada para borrarnos la memoria con la humedad reconcentrada de su encierro, y de la cual emergemos después en cualquier parte ni vivos ni muertos sino infinita e inextricablemente cansados.


