Lo de Álex Ortiz fue la pieza de humor más cercana a un aporte cultural.
El 14 de octubre del 2013 me junté con varios próceres de Twitter (hoy X) en el Prosit de Plaza Baquedano. Queríamos formar «La liga de los sub 1.000», ya que aunque posteábamos seguido y duro, no lográbamos superar esa cifra de seguidores. Detrás de ese intento por sindicalizar a los trolls de la ex red del pajarito azul estaban entre otros Juan_Luis16, el «guatón parrillero», «farandulator» y el «flaite chileno», que nos mantuvo riendo durante la velada.
La siguiente vez que lo vi fue anoche, usando su verdadero nombre (Álex Ortiz) y sobre el escenario de la Quinta Vergara. Y de nuevo me hizo reír. Mucho.
Lo suyo fue traer el barrio, la infancia y el Chile profundo. Era el más desconocido de los comediantes y terminó peleando con Slimming el cetro del mejor en su rubro en esta versión festivalera.
Su número no puede encasillarse ni como humor callejero ni como stand-up clásico ni como una secuencia de chistes. Es el auténtico docu-comedy, un acercamiento fuerte y necesario a lo que nunca hemos dejado de ser. Fue todo un ensayo sociológico que a algunos nos recordó pasajes de nuestra vida que casi habíamos olvidado y a otros chilenos los hizo sentir extranjeros en su propio país. Un viaje (en Uber) a nuestra desigual esencia.


