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Autor de la Foto: PAUL PLAZA
Título/Pie de foto: ¿Se acuerda del recluta Álvarez?
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Título/Pie de foto: Larry Moe
La abuelita integra la selecta estirpe de nuestros seres televisivos más queribles.
Larry Moe
«MasterChef» eliminó a Eliana Hernández, la Naná, la abuelita de Chile. La misma que se ha ganado el corazón de los televidentes y de su facción más difícil de conquistar, los tuiteros. Al interior de la competencia había despertado además sentimientos de profunda y unánime resignación, ya que se aseguraba que cuando se formaban dos equipos y cocinaban para una gran cantidad de gente los comensales invariablemente se terminaban por inclinar en sus votaciones a favor del bando que integraba ella. Uno de los jurados, incluso, Ennio Carota, postuló que el hecho de que doña Eliana llegara tan lejos no podía ser cuestionado ni clasificar como consecuencia de mano blanda hacia ella de parte de los evaluadores. «A menudo se salva. Y si no se salva, lo que cocina está bueno», argumentó el italiano para no dejar dudas acerca de lo bien ganada que tuvo nuestra amiga su permanencia en el espacio.
Contra lo que podría creerse, especímenes televisivos como la señora Eliana no son tantos. Deben reunir una serie de características. Por ejemplo, ser eminentemente «atelevisivos», en el sentido de no dominar los códigos que se manejan en este medio pero al mismo tiempo no permitir que eso los amilane. Un buen ejemplo es Pedro Sadá, carismático y ceremonioso notario de «Chile tuday» cuya voz grave y alambicados piropos derretían a las mujeres a principios de la década anterior. Al hombre nunca se le vio ansioso ni apremiado por órdenes detrás de cámara que pedían agilizar las acciones.
Otros ejemplos son Gustavo Becerra («el guatón de la fruta»), Juan Pablo Álvarez (recluta de «Pelotón»), Mario Ortega («¡Súper Mario!»), Malú Mayol, Ricarte Soto (Q.E.P.D.), Anita de «Los 80», «El Poeta» de «Morandé con compañía», la despistada Pía Guzmán de «Rojo», Huaiquipán y sus sabrosos neologismos, Nicole Moreno («Luli») y el relator deportivo Claudio Palma.
Detengámonos en Mario Ortega, ganador de «Amor ciego II». Nacido televisivamente al fragor de algunos realities, lo suyo fue una lograda (por lo genuina) mixtura entre payaso y patito feo. Recuerdo que sus desquiciadas e infantiles ocurrencias y mucha ternura hicieron que estuviera a sus pies a Pamela Leiva, pero el muchacho nunca se decidió a hablarle en serio.
Otro concitador universal de simpatía es Daniel Ponce, «El Poeta» de «Morandé». Su imposibilidad de superar su tartamudeo (alimentada, por cierto, por el morbo mínimo exigible para todo programa de humor) genera más risas que lástima en el público, lo que se suma a la carencia total de sentido del ridículo de Daniel, que lo ha llevado a disfrazarse frecuentemente de mujer en los gags del «estelar del pueblo» y en otras ocasiones a exhibir su huesuda anatomía sin complejo alguno.


