De los muchos defectos que al parecer produce la «edad madura», tengo bajo especial vigilancia la chochera precoz que lleva a muchos adultos a considerar que «los niños de hoy» son unos seres superdotados o derechamente alienígenas transculturizados mediante quién sabe qué procedimientos que nuestras mentes de pollo evolutivo ni siquiera podrían vislumbrar. He visto a personas inteligentes menear la cabeza, sonreír de asombro y aun quedarse con la quijada caída y babeante ante un niño de dos años que manipula un mouse con habilidad.
De esa misma emoción gagá han surgido programas televisivos en que los niños son expuestos como fenómenos de feria, para regocijo de una platea poblada de tontos en escabeche; una variación posible de ello son esos concursos donde echan a competir en conocimientos a escolares mateos con adultos ignorantes, lo que desde luego produce escenas sorprendentes por lo grotescas y cómicas por lo deplorables.
Todo indica que uno entra en ese estado de admiración senil sin darse cuenta de nada, anestesiado por el vértigo o el letargo de los días. Cuando niño sentí el peso de esas miradas adultas y vacías, que convertían la justa valoración de los talentos o las perspicacias infantiles en una auténtica apoteosis. El día en que descubrí quién se ocultaba detrás del Viejo Pascuero, mis tías quedaron de una pieza ante mi supuesta sagacidad («¡Uy, a este niño no se le va una!»), aunque en los hechos mi cerebro no necesitaba ser más brillante que el de un macaco jibarizado para resolver el enigma, pues aquel Viejo Pascuero tenía la misma voz y usaba los mismos zapatos de taco alto y las mismas uñas largas y rojas de una inconfundible amiga de la familia.
Parece ser que ese asombro teatral con que algunos adultos ven la infancia ultratecnologizada, tal como ayer veían cualquier asomo de inteligencia numérica o deductiva, es sólo un mecanismo de fuga, no tanto en relación al presente y su difícil adopción, sino en relación a sí mismos y su sentido de la vida, pues le asignan a los niños una independencia y una genialidad que liberan a los adultos de su labor educativa.
Naturalmente, las transformaciones de la época, la modificación de los estímulos ambientales y una serie de factores nutricionales, médicos y genéticos han causado que los famosos niños de hoy tengan ciertas posibilidades que los de ayer no tenían, pero asimismo hay aspectos de la realidad en que han quedado inválidos. En general, el presente está poco disponible para la imaginación narrativa, por ejemplo; hace veinte o treinta años, en cambio, aún era posible pasar los apagones contándose historias o llenar el ocio del verano elaborando complicadas casa-clubes. ¿Era imaginable que los hijos de los almaceneros terminarían recurriendo a una calculadora para sacar cuentas sencillas? Son exasperantes: el tiempo que usan para atender a un solo cliente hace creer que los niños almaceneros de ayer sacaban cuentas con lápices nucleares y cerebros biónicos.


