Argentina fue designada a dedo como cabeza de serie en el Grupo A y el calendario de la Copa América la favoreció con un día más de descanso que su rival de turno en cuatro de los seis partidos que disputó.
Cuando Marcelo Bielsa dijo lo que dijo en Charlotte, en la previa del duelo por el tercer puesto entre Uruguay y Canadá, ya todos sabíamos que no había sido una buena Copa América, por tantas razones que uno ni siquiera sabía bien por dónde empezar. Pero Bielsa fue rotundo y hasta levantó la voz, literalmente, para acuñar en bronce el lamento desesperado del fútbol continental frente a la errática organización del torneo.
En medio de su argumentación, casi inadvertida, hay una frase que debería doler un poco más por estos lados, por el ninguneo implícito en la crítica a chascarros que no hicieron excepción entre grandes y chicos. «Y todas las injusticias con la clase baja de la competencia, nada», dijo Bielsa mientras enumeraba fallos. Hiriente con los eliminados de la primera fase, entre los que por supuesto hay que contar a Chile, perjudicado por decisiones del VAR posteriormente corregidas por la propia Comisión de Arbitraje. Claro, cuando los afectados ya estaban abordando el avión de vuelta a casa.
El VAR de la Conmebol es una auténtica vergüenza, con su tecnología del offside tipo Paint Brush, sus tardanzas inexplicables en situaciones evidentes y sus alambicadas interpretaciones del reglamento que en el fondo sólo revelan inexperiencia y, sobre todo, ignorancia respecto de la labor arbitral. El penal de Daniel Muñoz a Vinicius, el codazo de Moïse Bombito a Rodrigo Echeverría y la toma a distancia intergaláctica que validó el gol de Lautaro Martínez contra Chile, donde los jugadores se veían como hormigas, son apenas un ejemplo de la discrecionalidad institucionalizada. El fútbol con VAR en Sudamérica es otro deporte; mucho peor, sin duda, que el fútbol de antes del VAR.
Desde el proselitismo religioso en la ceremonia inaugural del pastor Emilio Agüero, amigo del mismísimo presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, la Copa América se armó de entrada con un sabor extraño que se volvió definitivamente amargo con las famosas junturas de las palmetas de pasto que no terminaron de unirse tras ser instaladas a escasos días del comienzo de la competencia.
Estados Unidos 2024 presentó estadios de lujo y canchas de barrio. Con un ambiente de canchas de barrio que se desfondó en los insultos racistas contra la selección de Canadá, en la pelea callejera que montaron algunos futbolistas de Uruguay cuando vieron que sus familiares estaban siendo agredidos por hinchas de Colombia y en las avalanchas de los mismos colombianos en el ingreso al estadio que retrasaron en 75 minutos el comienzo de la final. Un problema de seguridad que demuestra la incultura o cultura de la violencia que todavía nos acecha en Sudamérica.
Hay que hablar también del fixture. Se hizo de tal modo que entre las ocho selecciones de los grupos A y B aportaron un finalista: Argentina, Canadá, Ecuador, Venezuela, Chile, México, Perú y Jamaica. El otro finalista lo definieron entre los grupos C y D: Colombia, Uruguay, Brasil, Panamá, Estados Unidos, Costa Rica, Bolivia y Paraguay. Los responsables dirán que fue por un sorteo del cual todo el mundo fue testigo y que sólo el azar puso a Colombia, Uruguay y Brasil no en el Grupo de la Muerte, sino en la Llave de la Muerte, pero hay otros detalles a tener en cuenta. La final se fijó en el Hard Rock Stadium de Miami, la ciudad donde juega Lionel Messi.
La messificación del fútbol mundial sin duda corre en gran parte por cuenta del laureado futbolista, pero el marketing también hace lo suyo y el resto lo abrocha el ímpetu de dirigentes deseosos de la foto con el campeón y de contratos publicitarios que imponen rostros a mansalva. ¿Necesariamente tiene que ganar siempre Messi para que ganemos todos? Argentina fue designada a dedo como cabeza de serie en el Grupo A y el calendario de la Copa América la favoreció con un día más de descanso que su rival de turno en cuatro de los seis partidos que disputó: frente a Chile, Ecuador, Canadá y Colombia.
El otro finalista no disfrutó ventaja en ninguno y, de hecho, tuvo un día menos de reposo en dos, ante Panamá y Argentina. El desbalance es monstruoso.
Y cuando las quejas arreciaban desde todos los rincones de América, se anunció el show de Shakira en el entretiempo de la finalísima al estilo del Super Bowl, con una innovación de la que no se tenía antecedente en definiciones de esta magnitud. Parece un detalle, sobre todo si a uno le gustan o le suenan de algo las canciones de Shakira, pero hacen que nos terminemos de convencer del poco cariño que le tienen al fútbol sudamericano los iluminados de la Conmebol.


