Un momento que se cantará por generaciones

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El tamaño de una selección se mide de muchas maneras y la menos confiable aparece en los mapas.

Livano Comenencia no figura entre los 158.006 habitantes de Curaçao, según el último censo de 2025. Nació en Breda, cien kilómetros al sur de Amsterdam, hijo de dos curazoleños. Allí lo reconocen como un «yu di Kòrsou na Hulanda»: un hijo de Curaçao en Holanda. Cerca de 150 mil curazoleños viven en distintas regiones de los Países Bajos. Incluso juntando ambas poblaciones, Curaçao seguiría siendo la nación más pequeña que ha disputado una Copa del Mundo. Este domingo todos celebraron con un solo corazón cuando Livano remató de zurda una pelota suelta en el área alemana y la red se estremeció como si estuviera amarrada al planeta.
Alemania 1, Curaçao 1. El reloj marcaba 20 minutos y 41 segundos en Houston. Entonces Comenencia encontró un rebote, disparó entre piernas enemigas y venció a Manuel Neuer. El grito curazoleño fue el más grande de una tarde con 68.021 espectadores. Por unos minutos, la selección debutante no tuvo que imaginar la igualdad: pudo mirarla en el tablero.
Después llegó la pausa de hidratación: tres minutos ordenados por la FIFA, incluso bajo techo. El fútbol aprovechó para repetir el monólogo de estos días: también es negocio y qué. Pero durante esa pausa todos pudimos pensar en qué pasaría si el milagro se extendía, si ese país de tan sólo 444 kilómetros cuadrados instalaba una nueva leyenda en el deporte que inventa gigantes para derribarlos.
Alemania dominaba la pelota, el territorio y casi todas las estadísticas, aunque no las dimensiones emocionales del partido. El equipo de Dick Advocaat apenas cruzaba la mitad del campo y cada contragolpe parecía una botella lanzada al mar. Sus jugadores corrían con el entusiasmo de quien dispone de una sola posibilidad y con la calma de quien sabe que, en el peor de los casos, no tenía nada que perder. Alemania recuperó la ventaja a los 38, se fue 3-1 al descanso y terminó ganando 7-1. La goleada confirmó el poder europeo; el empate fugaz reveló otra clase de grandeza.
Tal vez eso explique las lágrimas de Advocaat. A los 78 años, el viejo entrenador neerlandés se entregó a una causa improbable después de dirigir selecciones más poderosas. Se convirtió en el técnico de mayor edad en un Mundial y comprobó algo que la pelota repite sin desgastarlo: el tamaño de una selección se mide de muchas maneras y la menos confiable aparece en los mapas.
A comienzos del siglo pasado, una mujer llamada Mervelita Comenencia conservó una canción de la tradición oral curazoleña. Pedía libertad e igualdad con una frase en papiamentu: «Manda e kos pa nos». Mándanos eso. La lengua de la isla nació del roce entre español, portugués, neerlandés y voces africanas, en un lugar que los conquistadores llamaron Islas Inútiles junto a Aruba, Bonaire y las Antillas porque no encontraron el oro que buscaban.

No hay parentesco entre Mervelita y Livano, apenas un apellido que viaja a través del tiempo. Ella reclamaba la libertad; él mandó desde Houston lo que suele venir después en la historia de un pueblo: la alegría de estar vivos al mismo tiempo. Algunos sueños duran lo que dura un parpadeo. Eso no los hace menos verdaderos ni menos deseables.

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