Pocas veces en un reality las incivilidades tuvieron un rol tan central.
El reality de Canal 13 «Vecinos al límite» me está reconciliando con ese género. Los he seguido todos desde «Protagonistas de la fama», pero en los últimos años solo lo estaba haciendo desde la vereda de lo profesional, como crítico de TV, y no como mero televidente, que es como más se disfruta de estas producciones.
En «Vecinos» hay cuatro equipos. Están los rosados, cuya capitana es Alejandra Fosalba; los verdes, comandados por Joche Bibbó; los azules, liderados por Camilo Huerta, y los amarillos, a cargo de Paula Pavic.
Más que cuatro casas, son cuatro puñales, afilados y traicioneros, lo que para este formato es ideal. Dejemos aparte las consideraciones éticas. Esto es un juego. Condenar a un chico o chica reality por artimañas o confabulaciones aparentemente reñidas con la moral equivale a criticar a un jugador de ajedrez por engañar a su rival para comerle una pieza importante.
No tienen reparos en sacarse los ojos en una nominación para un duelo de eliminación aunque horas antes hayan estado a los abrazos y arrumacos en el pasto de este telecondominio. Me refiero a Paz Roldán y Pastorino. La noche de este jueves la primera, haciendo una mención antes de votar, trató de «rata» al argentino, acusándolo de robar comida, mientras este replicó llamándola inconsecuente.
En la misma instancia del jueves Fosalba no podía creer que Huerta le negara un extraño intento de negociación suyo que consistía en que los verdes votaran por dos de sus compañeras azules. «¡Broma! ¡Está todo grabado!», exclamaba la actriz estupefacta.
Hace poco Princeso, el alérgico a la pala local que ha llegado más lejos que todos sus pares e integrante del team verde, le propuso al brasileño Joe Lourenço, de los amarillos, atornillar al revés en la próxima prueba para hacer perder a su bando a cambio de «protección» en las futuras nominaciones. Fue lo más cercano a un diálogo carcelario en la TV desde que Huaiquipán se quiso hacer unas chalas con el «Chispa» en «Mundos opuestos».
En «Vecinos al límite» los conflictos no pasan porque el del lado empieza con la tonterita del taladro temprano los domingos. Tampoco porque la lavadora se rebalsó y el agua está inundando la logia del piso de abajo.
Acá se impone el odio parido que le tienen las mujeres de las demás casas a Paz Roldán, las rencillas ancestrales y sin resolver que arrastran Joche y Pastorino y el apasionado beso que se dieron Natu y Mopa y que no puede sacarse de la cabeza Joe, pareja de esta última.
Un vecindario definitivamente atípico.


