El periodista de CHV llegó hasta Venezuela para cubrir el desastre que dejaron los terremotos
Pese a ser un reportero de guerras y revoluciones, él comenta que hay un carrusel emocional, porque pasas frente a lo que era un edificio y sacas el cálculo de cuántas familias vivían ahí
Son pasadas las 22 horas del jueves, pese al chirrido de la conexión del celular a Starlink se escucha que alguien grita: «¡Silencio». El generador eléctrico que emite su ruido de fondo deja de sonar, los focos se apagan y todo queda en penumbras. Los rescatistas sueltan las herramientas. Los voluntarios se quedan inmóviles. Nadie camina. Nadie habla. Rafael Cavada tampoco. Frente a él hay un edificio convertido en una montaña de hormigón y fierros retorcidos. Durante varios minutos no se escucha nada. Ni un golpe, ni un grito, ni un llanto. Entonces vuelven a encender el generador y la búsqueda continúa. En unas horas volverán a repetir el mismo ritual y el periodista estará ahí atento, no sólo para cubrir la noticia de los terremotos, de 7,2 y 7,5 grados de magnitud, que destruyeron parte de Venezuela hace 14 días, sino que para ayudar también.
Así ha sido la última semana del periodista de Chilevisión en la región de La Guaira. Cuando le avisaron que tenía que viajar a reportear alcanzó a guardar apenas un pantalón y unas pocas poleras «que ya llevan varios usos», reconoce. «Es lo de menos. Lo importante es que el canal se la jugó con todo. Pudiendo haber mirado para otro lado, porque también había enviados al Mundial decidió ir a cubrir y eso me llena de orgullo».
Vía Panamá llegó a Caracas y comenzó el trabajo duro. Las jornadas para él y su equipo parten antes de que amanezca y terminan de madrugada. Hay días en que duermen dos o tres horas, desayuna al paso y recién vuelve a comer cuando regresa al hotel en Caracas. «Otras veces, simplemente aceptamos un vaso de café caliente, una sopa o una arepa que vecinos y organizaciones reparten a los rescatistas. Uno piensa que no va a aguantar tantas horas, pero el ambiente te empuja. Ves a todos trabajando para salvar una vida y sacas fuerzas que no sabías que tenías».
¿Con qué se encontró cuando llegó a la zona afectada?
«Con una destrucción impresionante. Hay edificios que pareciera que se sentaron, otros se cayeron como helados. Ahora mismo estoy frente a un edificio de 12 pisos, se quebraron los pilares y se fueron derrumbando. Acá no se usa el mismo tipo de construcción, sino que usan columnas o vigas sin paredes de concreto. Además el territorio de la costa es arenoso. Había visto ese nivel de destrucción en ciudades bombardeadas durante guerras, pero nunca algo así».
¿Qué pasa ahí con usted, Rafael?
«Primero haces una evaluación del daño. Pero después empiezas a mirar a la gente. Ahí cambia todo. Ves familias completas esperando noticias, rescatistas que llevan días trabajando y entiendes que debajo de esos escombros todavía puede haber personas. Hay un carrusel emocional, porque pasas frente a lo que era un edificio y sacas el cálculo de cuántas familias vivían ahí. Quizás, como era feriado algunas no estaban, pero los otros sí estaban ahí adentro».
¿Cómo vive esos momentos de búsqueda?
«Son muy impactantes. Llegan equipos especializados con sensores que detectan latidos y sonidos muy pequeños. Entonces piden apagar las plantas eléctricas, apagar las luces y hacer silencio absoluto. Hacen callar una cuadra completa. Todos nos sentamos en el suelo esperando que aparezca una señal de vida. Ahí aparece la esperanza. Todos esperan escuchar algo. Un golpe, un movimiento, cualquier cosa. Y cuando no aparece nada, vuelven a prender las máquinas y continúan excavando».
Usted siguió la historia de un papá que estaba esperando frente a un edificio destruido.
«Lleva dos semanas esperando que rescaten a su hijo desde un sexto piso. Han usado cámaras, micrófonos, sensores, equipos térmicos. Siguen trabajando porque todavía existe una posibilidad. Mientras exista esa posibilidad, nadie abandona».


