¿Qué probabilidad había de que esto ocurriera?

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Un niño refugiado en el fútbol de la calle y con una foto de guagua junto a Messi tenía acaso más posibilidades de llegar de las que conceden los matemáticos de fin de semana.

El niño está desnudo dentro de una bañera y mira fuera de la foto. Tiene tres meses y medio, los puños cerrados, la piel mojada. Lionel Messi se inclina sobre él con la cautela de quien ha recibido un objeto delicado sin manual de instrucciones. Tiene veinte años. Sheila Ebana, la madre, tiene diecisiete, tres menos que el futbolista, y vigila sus manos. Entre los tres flota un pato de hule.
La escena ocurrió el 31 de octubre de 2007, en un vestuario del Camp Nou. El fotógrafo Joan Monfort llevó luces, toallas, jabón, la bañera de su hija Jana y el pato que la distraía. La familia había ganado una rifa en Rocafonda para meter a la guagua en esa foto con Messi, en una campaña de UNICEF. A la teoría del destino le encanta hacerse propaganda con estos jueguitos.
Miro de nuevo esa foto desde su desenlace. Aquel niño contra aquel muchacho en la final del Mundial. Así funcionan las profecías: primero suceden las cosas y después les inventamos una vocación. Alguien publicó un cálculo «científico» que fijó la coincidencia en una posibilidad entre 625 billones. La cifra circuló con autoridad de oráculo con Excel. Nadie explicó con seriedad los factores, las muestras ni el método. Quizás fue una broma destinada a medir la credulidad ajena. El resultado confirmó que esa credulidad goza de excelente preparación física.
John Edensor Littlewood, matemático británico y estudioso de las coincidencias, formuló la llamada ley de los milagros. Su idea era sencilla y bastante ofensiva para los administradores de lo sobrenatural: una vida humana acumula tantos hechos, encuentros y pequeñas oportunidades que los sucesos de una posibilidad entre un millón terminan ocurriendo con cierta regularidad. El milagro, según Littlewood, pierde parte de su prestigio cuando alguien se toma la molestia de contar todos los boletos.
El problema de los 625 billones consiste precisamente en elegir cuándo comienza la historia, qué episodios entran en la multiplicación y cuántos millones de combinaciones fallidas se mandan al basurero. Vista desde el domingo de la final, cada cosa parece una señal: la rifa, la bañera, el pato, Messi, el niño. Vista desde aquel vestuario, sólo había una guagua llorando, un futbolista incómodo y un pato de hule que cumplía mejor su trabajo que todos los presentes.
Antes del torneo, las casas de apuestas daban cerca de un seis por ciento a una final España-Argentina: una opción entre diecisiete. Esa cuenta empieza cuando ambos ya son futbolistas, internacionales, titulares y candidatos.
Retroceder hasta la bañera obliga a calcular una rifa, dos migraciones, miles de niños que patean una pelota, lesiones, convocatorias, cruces del cuadro y la obstinación de Messi por seguir jugando a los treinta y nueve años. Las matemáticas de fin de semana multiplican cada improbabilidad hasta obtener un número con aspecto de teléfono sideral.
La historia familiar de Lamine también puede contarse como una sucesión de cifras improbables. Su abuela Fátima salió de Marruecos, trabajó limpiando casas y cuidando ancianos, reunió dinero y logró llevar a sus hijos a Cataluña. Sheila Ebana llegó desde Guinea Ecuatorial siendo niña. A los diecisiete años aparece junto a la bañera, atenta a un hijo que llora cuando lo separan de ella. Mounir, el padre, salía a recoger cosas de la calle para llevar comida a casa.
El propio Lamine lo contó al hablar de la presión. Para su familia, la presión tenía forma de alquiler, de turno interminable, de abrir una bolsa en la calle antes de que pasara el camión de la basura.
Después sus padres se separaron y él creció entre Granollers y Mataró. En Rocafonda jugaba sobre la pista de cemento del parque, entre dos arcos y un muro con el nombre del barrio, con el mar visible desde las gradas. Allí, según dijo, dejó el miedo. La frase parece excesiva hasta que uno recuerda que el miedo también necesita un sitio donde quedarse. Lamine salió de esa cancha llevando en los dedos el 304, las últimas cifras del código postal 08304, una dirección convertida en goles y festejo.
Un niño refugiado en el fútbol de la calle y con una foto de guagua junto a Messi tenía acaso más posibilidades de llegar de las que conceden los matemáticos de fin de semana. La imagen le dio un sueño antes de que pudiera recordarla. Su padre se la mostró años más tarde. Lamine la guardó para evitar comparaciones, como quien esconde un mapa porque teme que los demás confundan el camino con el destino.
Esa foto durmió diecisiete años en un archivo. Messi se convirtió en la medida de todas las cosas. Lamine aprendió a desbordar por la misma banda. Monfort siguió tomando fotos. Su hija Jana creció y perdió la bañera, también el pato de sonrisa profesional.

Ahora todos miramos el centro y hablamos de bendición, relevo, milagro. Yo vuelvo a los bordes: Sheila con diecisiete años, Mounir Yamal saliendo de casa sin saber si volverá con algo de comer, las abuelas cruzando países, la cancha de cemento, el número de la rifa premiado. La ley de Littlewood explica que los milagros abundan cuando la vida acumula suficientes oportunidades. Esta familia tuvo que trabajar bastante más que las matemáticas. El azar puso a Messi junto al niño. El resto lo hicieron ellos, derrotando durante años probabilidades mucho más crueles.

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