Luis Gonçalves se aburrió de que en su carnet aparezca su nombre mal escrito
Su apellido lleva una especie de cola de gato en la C llamada cedilla, pero en su carnet siempre le ponen Goncalves.
El 12 de noviembre del año pasado, Luis Gonçalves fue a renovar su carnet de identidad al Registro Civil de Arica y, una vez más «cuántas habrán sido, ¿decenas de veces?», le dijo al funcionario que lo atendió que su apellido es con cedilla, es decir, la c va con una especie de cola de gato, así: Ç, y no Goncalves, con C, «como lo han puesto todas las veces, es decir, mal».
Diez días después, cuando fue a buscar su carnet, Luis Gonçalves constató que, por enésima vez, su apellido lo habían escrito mal, es decir, con C, Goncalves. Esta vez no lo aceptó.
Gonçalves tiene 77 años, nació en Chile, pero su padre y abuelos son portugueses. Llegaron en barco a Valparaíso a principios del siglo XX, y cuando lo hicieron, se identificaron con una documentación donde se leía Gonçalves, con cedilla. El acta de nacimiento de su papá dice Gonçalves, con la colita de gato, aunque escrito a mano, y en su propia acta de nacimiento se lee Gonçalves, como corresponde, también escrito a mano. Así que este es un asunto que tiene que ver con la historia, la identidad y la dignidad.
«Mire, a decir verdad, yo nunca he tenido grandes problemas prácticos con que escriban mal mi nombre», cuenta Gonçalves. «Tuve problemas para licenciarme en el colegio, por ejemplo. De hecho, no me pude licenciar porque en el Ministerio de Educación no sabían bien cuál era mi promedio de notas. Cuando fuimos a consultar con mi papá, supimos que había como cuatro Gonçalves en mi curso: Gonçalves, Goncalves, González y Gonzales. Pero era yo con el apellido cambiado».
El caso es que Gonçalves vivió toda su vida identificándose con un apellido que no correspondía. Pero ya no. Por una vez, al final de sus días, quería que su apellido apareciera bien escrito, pero también porque había un tema práctico.
«Yo me iba a vivir a Portugal con mi señora, al mismo pueblo de donde partieron mis abuelos, y para eso necesitaba un carnet con el apellido bien escrito. En Portugal Gonçalves es un apellido común y nadie va a entender que diga Goncalves, aparte que sería como tener una doble identidad. En parte por eso rechacé la entrega del último carnet, y les exigí que me entregaran uno con el apellido bien escrito».
A la Corte
El 23 de marzo de este año, el Registro Civil le entregó a Gonçalves una respuesta formal a su reclamo. En ella se lee: «Revisados los antecedentes de dicha petición, se informa que no es posible acceder acerca de lo solicitado por cuanto el sistema computacional del servicio no permite la generación del carácter solicitado (cedilla)».
Gonçalves se puso furioso. Aceptaba esa excusa en los tiempos de la máquina de escribir, cuando ni siquiera se podía poner acento en las mayúsculas por las limitaciones de la máquina misma, pero en los tiempos que corren, con el pavoneo de la inteligencia artificial, la excusa le pareció inaceptable.
Consultó con su hija, que es abogada (y que se apellida Gonçalves, así que tiene el mismo problema), y llegaron a la conclusión de que se podía recurrir a la justicia a través de un recurso de protección en la Corte de Apelaciones.
En el escrito, Gonçalves enfatizó que la cedilla «es esencial para la correcta identificación, pronunciación y herencia cultural de mi familia de origen portugués».
La respuesta del Corte fue contundente. El tribunal estimó que «al alterar el apellido mediante la sustitución por una letra C común, se altera la realidad jurídica de la identidad civil».
Y más adelante, agrega: «Un impedimento de orden técnico no puede constituir una justificación para cercenar, restringir o desnaturalizar el derecho a la identidad y el nombre».
La Corte le dio 30 días al Registro Civil para entregar un carnet con el apellido correcto.
«Hace unas semanas me dijeron que el carnet estaba listo, pero no pude retirarlo porque ya me vine a Portugal», dice. «De todas maneras me siento contento porque me dieron la razón. Porque venimos de Portugal, es nuestra historia. Es lo que corresponde».


