La actriz habla con LUN sobre la relación con sus dos hijos adultos, de 24 y 30 años
Su trabajo más reciente la sitúa como la protagonista de la serie de Apple TV The new look, interpretando a Coco Chanel.
Considerada un tesoro nacional en Francia, Juliette Binoche es a los 60 años una de las actrices más famosas de su generación, con películas como «Blue», «El paciente inglés», «Chocolat» y «Los 33», donde interpretó a la hermana de Darío Segovia, instalando un campamento para ayudar en el rescate de los 33 mineros chilenos.
Juliette nunca contrajo matrimonio, pero tiene dos hijos: Raphael Binoche Halle, nacido en 1993 y cuyo padre es el buzo Andre Halle y una hija, Hana Binoche Magimel, nacida en 1999 de una relación con el actor Benoit Magimel.
La actriz además fue pareja de Daniel Day-Lewis, del director Léos Carax y del actor Olivier Martinez.
La intérprete parisina es hija de Jean Marie Binoche, un director, actor y escultor y de Monique Stalens, profesora, directora y actriz. Cuando la pareja se divorció, Juliette, de 4 años y su hermana Marion fueron enviadas a un internado católico. Una infancia que fue marcada por un pasado familiar traumático, porque sus abuelos maternos fueron prisioneros en Auschwitz, acusados de ser «intelectuales». Aquella experiencia fue usada por Juliette para interpretar su último personaje, la diseñadora Coco Chanel, en la serie de Apple TV «The new look».
¿Algo que decir sobre sus padres?
«Vengo de una familia de inmigrantes. Mi madre es de origen polaco y mi padre tiene un cuarto de sangre portuguesa y brasileña y creció en Marruecos. Creo que los inmigrantes son las raíces de una nación fuerte. Sería ideal no tener fronteras y que todos viajaran a todas partes. Esa es mi manera optimista de pensar y me siento muy triste con lo que está ocurriendo hoy con la inmigración, que se ha transformado en un arma política».
¿Qué tipo de educación le dieron?
«Tanto mi madre como mi padre eran muy artísticos, a pesar de que no tenían un centavo. Vivían de cheque en cheque, pero eso no les impedía estar muy enfocados en las artes, sobre todo en el teatro y la literatura. Yo estaba feliz de tener esta familia. Lo que mi madre me proponía casi siempre alimentaba mi alma. Por otra parte, mis padres eran activistas políticos desde las marchas del 68. Cuando yo tenía 4 años se divorciaron y luego mi madre nos envío a un internado junto con mi hermana, lo cual fue muy duro para nosotras porque no los veíamos a menudo. Eso me hizo vulnerable e independiente. Tuve una mezcla de influencia artística y de abandono al mismo tiempo. Como resultado, tanto mi hermana como yo somos de carácter fuerte, lo que me ayudó a interpretar a personajes como Coco Chanel. Cuando llegué a la adolescencia mi mamá me mandó a vivir con familias que hablaban inglés para que yo aprendiera el idioma y me sirvió mucho».
¿Qué lecciones aprendió de su madre que la ayudaron en la crianza de sus propios hijos?
«Creo que los hijos nos hacen ser madres, jajajá. No se nace sabiendo cómo hacerlo, ellos nos empujan a aprender. Cuando yo tenía 10 u 11 años le conversaba mucho a mis muñecas, porque ser madre era un anhelo muy importante para mí desde que yo era muy pequeña. Jugando con ellas me transformaba en una especie de doctora muy maternal. Creo que la femineidad ha estado muy presente en mi corazón y en mis necesidades. Yo tengo una relación fuerte con mi madre, ella nos crío sola porque mis padres se divorciaron. Y entonces viene la pregunta: ¿soy el espejo de mi mamá o deseo ser yo misma?».
¿Con qué valores crió a sus dos hijos?
«Lo más importante es poder confiar en ellos para que puedan encontrar su propio destino. Es muy difícil porque como madre uno aún desea protegerlos, pero si no se confía en ellos, no logran crecer ni encontrar un lugar dentro de sí mismos para hacerlo. Esa es la complejidad de ser padres, es fascinante, pero al mismo tiempo asusta, porque tarde o temprano hay que dejarlos volar, lo que demuestra que el amor y la tolerancia son posibles».
¿Cómo ha sido la influencia paternal en sus hijos?
«Bueno, ambos tienen sus padres y yo no me mudé a otro país, seguí en Francia para que mis hijos tuviesen el amor de sus respectivos padres, porque esto les da un equilibrio muy importante, les da estabilidad y conocen otro punto de vista. La primera chispa y la primera semilla es la masculina».
A estas alturas de su vida, ¿qué es lo que más ha cambiado en usted?
«Antes trataba de ser perfecta y ya no lo hago, jajajá, porque la vida es muy difícil. Intentar ser perfecta siempre es malo. La vida es un viaje imperfecto, porque nunca suceden las cosas como uno lo espera, siempre los hechos nos toman por sorpresa, sobre todo en cuanto a nuestras relaciones con los hijos. A veces pienso soy una buena madre y repentinamente la historia cambia. Es necesario cambiar toda la forma de pensar, porque los hijos siempre están moviéndose y cambiando».


