Histórica cosecha de la delegación nacional en los Juegos Suramericanos: sacó a Venezuela del cuarto lugara
Valentina Toro partió a las tres de la mañana, Dusan Bonacic escondió las ojeras detrás de sus lentes y María Ignacia Montt llevó sus botas de presoterapia.
Las caras de sueño no mentían. Tampoco los lentes puestos, las maletas cargadas ni las ganas de llegar luego a la casa. Después de varios días compitiendo en los Juegos Suramericanos de Santa Fe, gran parte del Team Chile aterrizó de vuelta en Santiago con el cuerpo pidiendo cama. Las medallas, eso sí, hicieron el viaje más llevadero. La delegación nacional cosechó 49 oros, apenas uno menos que su mejor actuación histórica en 1986, y desplazó del cuarto lugar del medallero a Venezuela. En total, fueron 175 preseas de Chile, incluyendo 58 platas y 68 bronces.
En el aeropuerto tenían a sus familias esperando con aplausos, flores y banderas, una llegada amable tras ocho horas de bus, una espera en el aeropuerto y un vuelo de dos horas. Los papás corrieron a abrazar y sacarse fotos con sus retoños, mientras los deportistas les entregaban sus medallas a unos padres chochos (ver galería de fotos en https://s.lun.com/lunek3).
Valentina Toro tuvo que despegarse pronto de la almohada para volver a Chile. El equipo de karate inició el regreso en plena madrugada y el descanso quedó a medias. «Salimos nosotros a las tres de la mañana. Entonces nos cortó todo el sueño, venimos con un sueño ahí más o menos, bien cansaditos, pero estoy feliz por este regreso, por esta medalla y por todo el equipo de karate, que lo hizo increíble», contó Toro, que venía con una presea dorada al cuello.
Dusan Bonacic encontró otra solución para disimular el trasnoche. El capitán de la selección de vóleibol apareció con unos llamativos lentes rojos, que tenían una explicación bastante práctica. «Esos lentes son para bloquear la luz azul, para descansar la vista, pero esta noche no dormimos nada y ahora tengo unas ojeras que no quiero ni sacármelos», bromeó.
El cansancio, en su caso, venía con premio doble. En pocas semanas el equipo consiguió dos de las metas que se había puesto para este año: clasificar al Mundial y repetir el oro sudamericano. «Fue muy poco tiempo, porque nos tocaron los dos torneos seguidos, así que estoy contento y orgulloso de todo el esfuerzo que hicieron todos los jugadores y el cuerpo técnico» agregó Bonacic, que ahora tampoco tendrá mucho tiempo para descansar. El martes debe viajar a Brasil para regresar a su club.
La atleta María Ignacia Montt también tenía su propia fórmula para pelear contra los efectos del viaje: unas enormes botas de presoterapia que utiliza para cuidar las piernas después de pasar tantas horas entre buses y aviones. «Estas botas ayudan a la retención de líquido con los viajes. De repente son viajes cortos como hoy de dos horas, pero el viaje en bus ya hace generar una inflamación. Entonces viajo con las botas para ayudar a drenar y así llegar con las piernas en la mejor condición», explicó la velocista.
Su compañera Catalina Rosas también tenía razones para disfrutar el regreso. Llegó a Santa Fe después de una preparación muy lejos de lo que está acostumbrada: cinco semanas sin correr ni pisar una pista, producto de una fractura por estrés en la espalda. Recién dos semanas antes de los Odesur pudo retomar. Y con el cuerpo en contra pudo celebrar una plata junto al relevo 4×100. «Nadie pudo acompañarme, pero toda mi familia y amigos estaban pendientes de mí a la distancia», contó Rosas.
Esa distancia se acortó apenas cruzó la puerta de llegadas internacionales: ahí estaba su mamá con un ramo de flores rosadas. Apenas se vieron se abrazaron y se les escaparon un par de lágrimas. Después de siete semanas complicadas y una medalla de plata, había razones de sobra para emocionarse.
Los escaladores también volvieron cargados de historias. Para Dante Caballero fue su primera experiencia en unos Juegos Suramericanos y hasta la vida en la Villa lo sorprendió. «Se sentía muy distinto. Estábamos como en un lugar donde solo vivían deportistas y eso era increíble, todos veníamos a lo mismo y eso era muy bueno», relató.
Benjamín Vargas aprovechó esos días para sacar apuntes. Como la escalada chilena no cuenta con un centro nacional de entrenamiento, se dedicó a conversar con técnicos y deportistas extranjeros para conocer cómo trabajan. Y Joaquín Urrutia resumió la rutina sin muchas vueltas: «Todo el día era ir a desayunar, competir, almorzar y competir. Lo disfruté mucho».


