En 1840 llegó a Chile una numerosa inmigración argentina huyendo de la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Crónicas de la época refieren el penoso cruce de la cordillera de centenares de argentinos escapando de la tiranía. Eran, en lenguaje contemporáneo, refugiados políticos. Acá se les recibió generosamente, con auxilios médicos y materiales, alojamiento y empleos.
Los emigrados argentinos respondieron de manera contundente a la hospitalidad chilena, en palabras de Borges, «grande como sus patios». Muchos se insertaron en la vida política y cultural chilena.
La lista de los expatriados era ilustrísima. Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Juan Bautista Alberdi, Gabriel Ocampo, Domingo de Oro y muchos más.
Fundaron periódicos y escuelas, participaron de encendidos debates en la prensa defendiendo el liberalismo y el romanticismo y colaboraron de manera decisiva en la conformación de la generación literaria chilena de 1842 y de una robusta esfera pública.
Sarmiento, por ejemplo, fundó en Santiago la primera escuela normal de preceptores del continente y publicó en El Mercurio de Valparaíso su «Facundo», quizás la obra literaria más importante del siglo XIX hispanoamericano.
En 1852, con la caída de Rosas, un buen número de estos refugiados volvió a su patria. Mitre sería elegido Presidente de la República, Sarmiento lo sucedería en el cargo y Alberdi sería el autor de la Constitución que los rige hasta hoy.
Llama la atención que la Canción Nacional de Chile, escrita en parte por un argentino, declare en el coro que sostenemos «el asilo contra la opresión». Los emigrados argentinos llamaban al régimen de Rosas, precisamente, «La Opresión» y fue acá donde recibieron el asilo que de manera tan brillante correspondieron.


