Cada vez más jóvenes ciegos estudian en la educación superior

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Los compañeros han sido un apoyo clave, valora alumno de Técnico en Deportes

Hoy menos de 30% de las personas con discapacidad logra terminar cuarto medio. Ahí está la primera barrera, apuntan en Fundación Luz.

En 2022 se registraban 12.924 personas con discapacidad matriculadas en la educación superior chilena. Este año llegan a 20.881; es decir, un crecimiento de 61,6% (ya representan 1,48% de todos los estudiantes del sistema). El aumento más pronunciado se registra en los institutos profesionales (ver tabla).
Uno de los grupos que integra este universo son las personas ciegas. Según la Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia (Endide), en el país hay 153.560 adultos ciegos. Entre ellos, solo 7,8% alcanzó estudios superiores completos.
«El problema viene antes de llegar a la universidad o a un CFT. Hoy menos de 30% de las personas con discapacidad logra terminar cuarto medio. Ahí está la primera barrera: los colegios no están preparados para educar a la diversidad», sostiene María Alicia Albornoz, directora ejecutiva de Fundación Luz.
A eso se suman los problemas que deben enfrentar las personas ciegas en la educación superior. «La gran mayoría de las instituciones no son accesibles, y no me refiero únicamente a infraestructura, sino también a las metodologías de estudio, plataformas digitales, docentes, evaluaciones: sin duda son herramientas positivas, pero no son una solución completa», explica.
«Si tenemos solo algunas carreras y algunos cupos, pero la institución sigue sin ser para todos, entonces no estamos entregando oportunidades ni igualando la cancha. Solo estamos facilitando la entrada», opina.
La inclusión efectiva en educación es uno de los desafíos que abordará Fundación Luz en el Congreso ILUMINA del 14 de octubre, al que serán convocados actores del sector público, la academia y el empresariado. Para participar, puede conseguir su entrada en www.click-eventos.com (https://s.lun.com/cli4bg).
Red de apoyo
Tomando en cuenta la universidad, el instituto profesional y su centro de formación técnica, Santo Tomás suma actualmente 2.080 alumnos con discapacidad.
«En el 2016, cuando yo recién llegué, teníamos 180 estudiantes», recuerda Juan Pablo Gómez, encargado de Inclusión Santo Tomás. «La verdad es que el desafío hoy ha cambiado: antes se hablaba de que era el ingreso del estudiante, hoy día va más por la permanencia, por el egreso», sostiene.
Para apoyar en ese aspecto dependen de la planificación institucional y del tema presupuestario, señala. Las personas ciegas requieren tecnología: por ejemplo, un lector de pantalla o, en el caso de estudiantes sordos, se necesitan intérpretes de lengua de señas. «Si bien existen programas estatales, nunca son suficientes y las instituciones superiores se deben hacer cargo del resto del apoyo», comenta el encargado.
Otro factor es la capacitación a los profesores, donde generan manuales o elaboran documentos accesibles.
«Finalmente ellos son los que están dentro del aula con los estudiantes y deben generar este proceso de aprendizaje.
La idea es que no se focalicen solamente en unos estudiantes, sino que tengan la herramienta metodológica para que su enseñanza sea para todos, independiente de las características que tenga el estudiante», plantea Gómez.
Cada persona tiene sus propios requerimientos. «El estudiante requiere apoyo específico, eso también hay que identificarlo. Muchas veces un estudiante ciego que sabe utilizar todas las herramientas tecnológicas no requiere tanto apoyo como otro que, por experiencias previas, por trayectoria, no ha tenido acceso a esa herramienta», advierte.
También cuentan con mentorías de los propios alumnos, que acompañan durante los primeros años y se transforman en un referente dentro de la carrera. «Los pares se vuelven una red de apoyo súper importante, porque no tan solo la experiencia educativa pasa por el aula, también por lo que sucede fuera del aula. Está lo académico y lo social», asegura.
Seleccionado nacional
Precisamente, los compañeros han sido un apoyo crucial, valora Samuel Larez, de 19 años y seleccionado nacional de golbol, deporte para personas con discapacidad visual que utiliza un balón con cascabeles.
«Me han ayudado mucho con los trabajos y pruebas. En el caso de los profesores, algunos me han ayudado y estoy agradecido, pero hay otros que no tanto, falta un poco más de apoyo», reconoce el joven, quien cursa primer año de Técnico en Deportes en Santo Tomás y fue diagnosticado con discapacidad visual a los dos años de edad.

Al inicio de la carrera tuvo miedo, reconoce. «Fue complicado, porque era una nueva etapa, un nuevo ambiente, nuevos compañeros. Me costó adaptarme, pero ya casi en el segundo semestre me relajé». ¿Qué le diría a los escolares con discapacidad visual? «Que piensen en la educación superior. Todo esfuerzo en la vida tiene recompensa», aconseja.

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