Nadie tiene que morir así

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Quizás honremos mejor al caído si dejamos de llamar heroísmo a las imprudencias. Los partidos no se juegan a muerte.
Harald Schumacher sale con todo de su arco para impedir el gol que puede dejar a Alemania sin final en 1982. «Con todo» significa «como sea»: pasa la pelota o pasa el adversario, pero no ambos. Patrick Battiston alcanza a tocar primero el balón y recibe el golpe del arquero. Pierde dos dientes, sufre lesiones en costillas y vértebras. Queda inconsciente, pero sobrevive. ¿Y si hubiera muerto horas después? ¿Qué haríamos con Schumacher, con el Mundial y con nuestra convicción universalmente aceptada de que el fútbol es la guerra por otros medios?

Jesús de Miguel no tuvo esa suerte en España. Murió este martes, después del rodillazo que recibió de Jesús Owono en el Tenerife-Andorra. El árbitro expulsó al arquero. Mientras se investiga, la indignación de la tribuna virtual ya grita una sentencia: «Asesino». Terrible palabra para un juicio pendiente.

Owono no se levantó por la mañana con deseos de matar a nadie. Quizás ni imaginó que podía lesionar al delantero al salir a cortar la pelota. Pero existe un punto al que las cámaras no llegan: sólo él sabe si quiso golpearlo. Las imágenes permiten preguntarse otra cosa, más incómoda. ¿Hizo lo suficiente por evitar el choque? ¿Calculó el riesgo? ¿Le importó cuánto exponía a un compañero de profesión? ¿Era inevitable llegar con la rodilla por delante? En su caso, hasta el «como sea» le ofrecía la opción de interceptar el balón con las manos para irse igualmente expulsado y, al mismo tiempo, salvar a su equipo de la derrota.

El fútbol cultiva esa temeridad. En la final del Mundial de 2010, Nigel de Jong le plantó los estoperoles en el pecho a Xabi Alonso: le mostraron tarjeta amarilla y el árbitro reconocería después que debió expulsarlo. Alonso siguió jugando. Nadie escribió su obituario: la patada fue la misma antes y después de saberlo. Sólo cambió nuestra manera de contarla.

Los filósofos Thomas Nagel y Bernard Williams llamaron «suerte moral» a esta paradoja: juzgamos una conducta según consecuencias que su autor no controla por completo. Dos jugadores pueden cometer idéntica imprudencia y cargar con destinos morales diversos. La desgracia no prueba intención y la culpa exige examinar el deber de cuidado. Entre accidente, negligencia y agresión deliberada hay fronteras borrosas, pero hay que examinarlas.

Me intriga, además, ese reflejo de celebrar una intervención cuando el adversario ya está en el suelo. ¿Por qué un compañero de Owono se acercó a felicitarlo después de golpear brutalmente al adversario? ¿Qué aplaudimos? Salvó un gol, tal vez. ¿Exponer al prójimo al peligro valía la pena por ese gol que no fue?

La Carta de Mandén, nacida de una tradición africana de hace siglos, nos recuerda: «Toda vida es una vida». La de Jesús de Miguel merece duelo, respeto y una investigación rigurosa. La de Owono también exige que no inventemos una intención a partir del horror del desenlace. Quizás honremos mejor al caído si dejamos de llamar heroísmo a las imprudencias. Los partidos no se juegan a muerte. Nadie tiene que morir por una camiseta, aunque después lleguen los poemas para el héroe que se jugó la vida para ganar el partido y para el mártir que dejó la vida en la cancha.

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