Monserrat Lizama (30) dejó todo y se instaló en Zanzíbar, idílica playa africana
Se animó comprando un sitio y construyendo desde cero un recinto que hoy cuenta con 13 habitaciones.
Una piscina de aguas turquesas rodeada de palmeras junto a un edificio blanco de dos pisos con grandes arcos y balcones de madera. Así luce el Tumbili Hotel Boutique, ubicado en Paje, una localidad costera de Zanzíbar, archipiélago de Tanzania, frente a la costa oriental de África. A pocos pasos se extiende una playa de arena blanca y aguas cálidas, frecuentada por turistas europeos y aficionados al kitesurf. El hotel tiene 13 habitaciones y este martes estaba completamente ocupado.
Su dueña es María Monserrat Lizama Stevens (30), una ingeniera comercial de Los Ángeles, Región del Biobío, quien hasta hace unos años tenía su futuro planificado: terminar sus estudios en la Universidad Adolfo Ibáñez, viajar a Inglaterra para perfeccionar su inglés y regresar a Chile para trabajar en una buena empresa. Pero llegó la pandemia, Inglaterra cerró sus fronteras y sus planes cambiaron por completo.
Fue entonces cuando su padre, al verla frustrada, le sugirió buscar otro país. Así encontró Uganda, que mantenía sus fronteras abiertas, y decidió viajar para realizar un voluntariado en un orfanato. Después de seis meses una amiga la invitó a Zanzíbar y quedó fascinada. Más tarde trabajó como recepcionista y administradora de un hotel en Portugal, donde aprendió sobre el negocio turístico y conoció a su pololo portugués.
«En Chile yo tenía todo planeado. Era como que te metían en una burbuja y te hacían creer que había que seguir ese estilo de vida, que no existía otro. Y yo me lo creí. Pero cuando llegué a África empecé a conocer gente que había hecho cosas completamente diferentes. Me di cuenta de que había muchas formas de vivir que también estaban bien».
Su padre volvió a ser clave cuando Monserrat le contó que quería instalarse en Zanzíbar. En lugar de desanimarla, le sugirió investigar cuánto costaban los terrenos, cómo se constituía una empresa y qué rentabilidad podía tener un negocio turístico. Siguiendo su consejo, viajó a la isla e hizo las averiguaciones.
«Encontré un terreno de unos 400 metros cuadrados, en segunda línea de playa, por $40 millones chilenos. Pero acá hay mucha corrupción y estafas. A veces un abogado se pone de acuerdo con el dueño, hacen como que te venden el terreno y se reparten la plata. Tuve suerte que una hotelera belga me recomendara al suyo. Además, acá no hay planos. Los vecinos firman que tu límite es una palmera o una piedra».
¿Cómo fue la compra?
«La señora que vendía no tenía cuenta bancaria. Mi papá me prestó y transfirió la plata a un abogado que había conocido el día anterior. Le advertí que existía 70% de probabilidad de que fuera una estafa, pero me respondió: No va a ser la primera. Bienvenida al club. Después, el abogado no me contestaba y pensé que habíamos perdido todo. Al otro día apareció con un saco de billetes. Fuimos donde la señora, pagamos y firmamos».
Con el terreno asegurado, obtuvo un crédito bancario para construir el hotel. Las obras demoraron unos ocho meses y contó con la ayuda de una amiga chilena arquitecta que conoció en Uganda. «Lloraba día por medio», recuerda. Abrió el 1 de agosto de 2025, prácticamente sin decoración ni reservas.
¿Recuerda ese día?
«Fue terrible. Estaba en pijama, arreglando cosas, cuando llegó una familia francesa preguntando si podía reservar tres habitaciones. ¡Los colchones todavía tenían los plásticos! Les pedí que volvieran a las dos de la tarde y empezamos a preparar todo. Los primeros meses fueron difíciles. Una noche se echó a perder la bomba y el hotel quedó sin agua. Tuve que ir habitación por habitación pidiendo disculpas. Además, aquí la electricidad se corta varias horas todos los días. Tuve que aprender de generadores, estabilizadores y mantenimiento. No sabía nada».
Tumbili -que en swahili significa mono- partió con 8 piezas, pero hoy ya tiene 13. También cuenta con ocho trabajadores que la ayudan. «Tengo el equipo de mis sueños, y nos va muy bien», asegura la chilena, que arrienda una casa junto a su pareja, profesor de kitesurf.
¿Es más barata la vida?
«Mucho. Una comida rica en un restaurante sale entre $10.000 y $15.000. Mi arriendo cuesta unos $800.000, parecido a Santiago, pero los panoramas son baratos. Nos juntamos con amigos en la playa y no gastamos nada».
¿Económicamente vale la pena tener un hotel allá?
«Sí. Gano mucho más de lo que ganaría trabajando como ingeniera comercial en Chile. Tendría que ser gerenta para ganar lo mismo. El gasto más grande acá es el diésel del generador».
¿Cómo es un día normal en Zanzíbar?
«Hoy fui a yoga a las nueve, después estuve en la playa con mis amigas y llegué a trabajar a las 12. Tengo libertad para organizar mis horarios, pero trabajo de lunes a lunes, no hay feriados».
¿Es la vida que quería?
«100%. Aquí tengo amigos de Alemania, Turquía, Egipto, de todas partes. Cada uno hace algo diferente y todos viven bien. Dejé muchas cosas en Chile, mi familia, amigos, una vida cómoda. Lloré mucho y me pregunté qué estaba haciendo. Pero ahora estoy muy feliz. Aquí veo gente de 65 años que llega a aprender kitesurf. En Chile, a esa edad, sienten que ya se acabó».


