Abogada aclara cuándo la legítima defensa pasa a ser un delito
Camila Leyton explica conceptos como proporcionalidad y defensa incompleta.
El caso de Carlos Delgado, panadero de Quillota que se defendió con un palo de un asalto en su negocio y ahora arriesga ser demandado por uno de los ladrones, reabrió el debate sobre los límites de la legítima defensa en Chile.
¿Cuándo una reacción es válida y cuándo se transforma en un delito?
La abogada Camila Leyton, académica de la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago, explica que la legítima defensa «es una circunstancia que elimina o reduce la responsabilidad penal cuando alguien actúa para repeler una agresión actual e ilegítima». En otras palabras, la ley permite reaccionar para proteger la propia vida o la de terceros, pero bajo condiciones muy específicas.
«Debe existir una agresión actual, inminente y que sea ilegítima», precisa Leyton. «Si yo provoqué la pelea o golpeé primero, ya no puedo ampararme en la legítima defensa, porque el origen del ataque viene de mí».
Proporcionalidad
El segundo requisito, explica la abogada, tiene que ver con la proporcionalidad de la respuesta. Es decir, no toda reacción está justificada: «Si alguien me golpea con las manos, no puedo responder disparando un arma. En cambio, si me atacan cinco personas y temo por mi vida, puede que el uso de un arma sea proporcional. Todo se evalúa caso a caso».
La experta agrega que también importa el medio utilizado para defenderse. «El tipo de elemento que se usa para repeler el ataque define la proporcionalidad. No es lo mismo defenderse con un palo que con un cuchillo. Incluso, en el caso de boxeadores profesionales, sus puños pueden ser considerados armas por la fuerza que ejercen por lo que tienen que controlarse más».
Pero no basta con defenderse, sino que también cuenta el momento en que ocurre la reacción. Según Leyton, el peligro debe existir en ese mismo instante. «Si el ataque ya terminó y yo persigo al agresor o sigo golpeándolo, dejo de defenderme y paso a ejercer justicia por mi propia mano», advierte. «Eso ya no es legítima defensa».
Defensa incompleta
A veces, el exceso de fuerza se entremezcla con la intención de protegerse. En esos casos, puede aplicarse lo que la abogada denomina una legítima defensa incompleta, que no exime de responsabilidad, pero atenúa la pena. «Sucede cuando la persona, producto del miedo o del shock, se excede en la reacción», explica de manera sencilla.
¿Y qué ocurre cuando el delincuente denuncia a quien lo enfrentó?
«Toda persona puede presentar una denuncia, haya cometido o no un delito. La diferencia está en lo que decide la Fiscalía, ya que esta dentro de sus facultades si se sigue la causa, esta se puede archivar si se concluye que la respuesta fue legítima defensa».
En el caso del panadero de Quillota ¿Hay duda de que fue la respuesta fue en legítima?
«Diría que no la hay, aquí sí hay legítima defensa. El hombre fue amenazado con un cuchillo dentro de su negocio y usó los medios que tenía a mano para repeler el ataque. Su reacción fue proporcional y oportuna».
Leyton lo aclara en un ejemplo: «Si alguien me pone un cuchillo en el cuello para robarme y yo tomo un ladrillo del suelo y lo golpeo para escapar, eso es legítima defensa. Pero si el ladrón ya se fue y yo lo persigo para golpearlo, ahí ya no lo es».
También distingue entre defenderse y provocar una nueva agresión. «Si una persona me roba el celular en la micro y cuando lo está guardando yo lo apuñalo, eso no es legítima defensa. El delito ya terminó, y mi acción se convierte en una nueva agresión», ilustra.
Para la abogada, el concepto se resume en una línea simple: defenderse es detener el peligro, no castigarlo. «La legítima defensa termina cuando cesa el ataque. Desde ahí en adelante, cualquier golpe extra es exceso de fuerza y puede transformarse en delito», subraya.
«Lo mejor es no reaccionar, porque uno no sabe qué porta el atacante. Si se plantea actuar, debe hacerse solo hasta el punto donde recuperemos lo que es nuestro, o bien cuando dejen de atacarnos. Más allá de eso podría cometerse un delito».


