Su abuela juntaba asientos para que todos cupieran a la mesa: ella recuperó esa costumbre
En su casa nada quedó al azar: pintó los muros exteriores de gris oscuro para que contrasten con las baldosas turquesa del piso.
Connie Achurra tiene seis sillas iguales. Aun así, cuando empieza la temporada de terraza y saca la mesa del comedor al patio, la rodea de asientos que no se parecen entre sí: nuevos junto a antiguos, negros junto a otros pintados. En invierno el comedor vuelve adentro, pero afuera se quedan los sillones, una estufa y una mesa más chica. «Me encanta cómo se ven las mesas con sillas distintas. Es algo que he hecho siempre», dice.
La mezcla tiene una sola condición: que haya más o menos mitad negras y mitad de colores, para que ninguna desentone en el grupo. «Que no vaya a haber una sola silla distinta, muy diferente, que se vea como guacha», establece. La costumbre la heredó de su abuela: en su casa eran tantos para comer que debía reunir asientos de toda la casa; como ella pintaba los muebles, una silla roja de la terraza terminaba al lado de una verde de la pieza. «Yo creo que ni siquiera era intencional. Lo tengo muy incorporado en el ADN. Y es por eso que se ve precioso».
Cuando Achurra remodeló su casa la terraza ya existía, pero lucía una cerámica antigua y un techo «medio enclenque». Con una ampliación quedó debajo de una estructura fija, de la que hoy cuelgan luces y otros objetos sin que se mojen ni se caigan, y eso le permitió usarla todo el año. Los domingos es escenario de almuerzos familiares, sus hijas la ocupan para carretear con sus amigos y desde la mesa se ve el patio, que está «súper verde». «Es un espacio que tiene mucho, mucho uso», recalca.
La terraza también funciona como estudio. Sus videos de recetas los graba en la cocina, al otro lado del ventanal, pero la mayoría de las fotos de sus platos y de sus libros las saca afuera porque ahí no recibe sol directo: en sus palabras, «tiene una luz muy rica».
Connie instaló en ese espacio un cierre transparente que la protege del viento y la lluvia. Por el costado poniente el problema era otro: «En verano te llega todo ese sol satánico de las cinco de la tarde», cuenta. Ahí puso una cortina de protección solar que evita que se decoloren las telas de los sillones y los cuadros colgados.
La mayoría de las terrazas en Chile son grises, blancas o de madera natural.
«Yo creo que en general la gente le tiene aprensión a los colores, porque siempre piensa que después se va a aburrir. En una época yo hacía muebles: la gente llegaba por el mueble turquesa y al final me lo mandaba a hacer igual, pero en blanco. Con los pisos pasa lo mismo: la gente suele elegirlos más neutros justamente por eso, por si después me aburro. Esto es súper personal, pero a mí me aburren los espacios neutros y estoy tratando de meterles color. Y volver a pintar una pared es agarrar un tarro de pintura. Tampoco encuentro que sea tan tremendo».
Usó un tono muy oscuro en el muro principal. Casi nadie se atreve con eso.
«Es gris. La casa entera la pinté de ese color por fuera, porque quería que las baldosas contrastaran mucho. Además, encuentro que se ve súper bonita con la madera. Todo fue una decisión muy pensada; cada palo y cada baldosa que puse los tenía en la mente y pensé en las combinaciones. A mí me rayan los colores».
En el muro hay corazones y retratos. ¿Cómo los distribuyó?
«Casi todos esos cuadros son pinturas mías. Cuando íbamos a armar esa pared los iba a poner al ojo, pero mi hermana me dijo mejor planifiquemos bien. Pusimos primero todo en el piso, definiendo un poco la estructura de la composición. Fue muy buena idea, por cierto. Y de ahí nos pusimos a colgarlos».
¿Por dónde partió?
«Lo primero que hice fue poner las baldosas. Las tengo en todas las terrazas, en la cocina y en los espacios más grandes de mi casa. No son exactamente iguales, pero tienen el turquesa como hilo conductor: la de adelante tiene turquesa y amarillo, y la cocina, turquesa y rosado. Aquí afuera me gusta mucho ese modelo que se llama Remolino, de Baldosas Córdova, que según yo es más neutro, porque tiene un puro color. La idea era justamente llenarla de cuadros, de plantas y poner una mesa con sillas de colores, para que sea entretenida».



