Acá la flojera rompió todos los límites.
Notable la historia de «Yann Clohg». Me recuerda mucho una ocasión en que hace poco entré a un almacén (aproveché que estaban todos los canales en comerciales). Me llamaron la atención unos pasteles y pregunté por su nombre. La dependienta me informó que esos eran los «rebeldes». Ya, pues.
Al volver a casa me propuse chequear si en realidad el que compré era llamado de forma tan revolucionaria. Le saqué una foto y la subí a Google imágenes. Aclarado el caso: se llamaba «red velvet» (terciopelo rojo).
No dominar un idioma que no sea el nativo no es lo es lo que me causa gracia, sino la desidia de no buscar la escritura correcta de algo tan importante como el nombre del hijo de uno.
Máxime si ahora, con Internet en todas partes y todos los celulares, es más fácil salir de dudas que antes y se vuelve más indefendible la ignorancia.
Ya hice la consulta al Registro Civil acerca de si existe registro de algún «Larrymóu». De ser así lo apadrino de una.


