Dicen que el fútbol también se hace con jugadores así. Yo eliminaría el también. El fútbol lo hacen sustancialmente estos hombres.
Tomás Asta-Buruaga fue el primer jugador de Universidad Católica en intervenir en el clásico de este domingo contra Universidad de Chile, a los 17 segundos: cortó dentro del área un pase de Ignacio Vásquez a Marcelo Morales por el costado derecho de la defensa cruzada. La jugada anticipó el sistema de coberturas que utilizó el equipo de Daniel Garnero para neutralizar el poderío ofensivo de su rival, pero hay más.
En el siguiente contraataque azul, Charles Aránguiz le metió un balón profundo a Vásquez, a la espalda de Asta-Buruaga. Muy atento en la reacción, el número 23 de la UC recuperó los metros perdidos y llegó justo a bloquear el remate del extremo izquierdo de la U. El cronómetro marcaba 1:08 y ya se adivinaba la intensidad que pretendía imponer la visita, así como la disciplina de los locales en la transición defensiva.
A veces es necesario caer en tecnicismos como estos para describir la actuación o incluso la naturaleza de un futbolista en el campo de juego. De otro modo, sería fácil caer en la exageración y, de paso, equivocarse al elegir al mejor jugador de la cancha. Aunque en esta ocasión el podio de candidatos a la giftcard de la figura del partido calzó con lo que todos vimos en el Claro Arena: Juan Ignacio Díaz, Agustín Farías y Tomás Asta-Buruaga, probablemente en ese orden, fueron los mejorcitos del clásico universitario.
A los 12 minutos, Asta-Buruaga se cruzó para cubrir a Díaz e interceptó un pase con veneno de Maxi Guerrero a Eduardo Vargas: el plan de coberturas de Garnero anuló de entrada el principal argumento del equipo de Fernando Gago en sus goleadas anteriores. Clemente Montes hizo el gol del triunfo y también colaboró con Asta-Buruaga para clausurar su banda. Más tarde, un choque con Agustín Farías le abrió una herida en la cabeza. Volvió con un vendaje y siguió jugando.
Lo de Asta-Buruaga viene de lejos. En mayo de 2025, un rechazo suyo rebotó en Sebastián Arancibia y dejó servido a Rodrigo Contreras el gol agónico de la U. Hubo error e infortunio. Al día siguiente escribió en Instagram: «Sólo queda levantarse, sacudirse y seguir adelante». No imaginaba hasta qué punto tendría que hacerlo: después llegaron amenazas de muerte, difundieron la dirección de su padre y su esposa también quedó expuesta a la persecución. Le daba vergüenza salir a la calle y necesitó apoyo sicológico. Qué brutalidad: exigirle carácter a un futbolista mientras se lo persigue por un despeje.
En enero anunció que se iba agradecido de Católica, pese a todo. Trece días después regresó por urgencias mutuas y en febrero lo reconocieron por sus cien partidos con la franja. Había aprendido a jugar de lateral derecho para hacerse un sitio en un equipo grande. En marzo se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Siete meses fuera.
Le habían dado noviembre como fecha de retorno y se apuró para estar cuando más problemas tenía la UC, que es cuando mejor se aprecia el carácter de un futbolista. Reapareció contra Audax Italiano el miércoles y se le quebró la voz al hablar de su regreso. Agradeció a su señora y a su hija. Uno imagina que Garnero advirtió esa entereza en la semana para jugarse todas las naves con él ante la U.
Asta-Buruaga es un futbolista de esfuerzo, obediente a las instrucciones y entregado a una causa. Algunos dirán que es limitado, pero mostró el coraje de aprender un oficio distinto en la banda, aceptó suplencias y la peleó siempre para estar disponible cuando lo necesitaran.
Dicen que el fútbol también se hace con jugadores así. Yo eliminaría el también. El fútbol lo hacen sustancialmente estos hombres que luchan por entrar a una cancha, seguir jugando cuando llega otro mejor y convertir el sacrificio en algo que justifique el de sus familias. Ahí, aparte de los tecnicismos, está el mejor retrato posible de Tomás Asta-Buruaga.



