Sociólogo Jorge Gallardo advierte sobre el riesgo de patologizar las emociones
Comenta cómo la individualización y la presión por estar bien han transformado la tristeza o la frustración en problemas que se explican desde la salud mental.
No todo lo que duele necesita un diagnóstico. Jorge Gallardo Cochifas, doctor en Sociología, advierte que cada vez es más común ponerle nombre de trastorno a lo que antes podía entenderse como parte de la vida: tristeza, angustia, cansancio o frustración. El fenómeno, dice Gallardo -quien lleva años investigando el malestar social y el sufrimiento psíquico contemporáneo-, no es casualidad.
La globalización de los manuales psiquiátricos, el auge del autodiagnóstico, las redes sociales y una sociedad cada vez más individualizada han empujado a convertir emociones compartidas en problemas individuales que parecen necesitar una respuesta médica. Gallardo llama a este proceso medicalización de las emociones: un proceso en que el malestar deja de leerse como parte de la experiencia cotidiana y empieza a entenderse como algo que debe ser identificado, tratado y corregido.
«La medicalización consiste en transformar aspectos normales de la vida, como el duelo, la menopausia, el envejecimiento o determinadas formas de comportamiento, en problemas médicos. Pero hoy observamos algo aún más profundo: un proceso de psiquiatrización, donde las emociones y los malestares cotidianos comienzan a interpretarse casi exclusivamente mediante diagnósticos de salud mental», describe Gallardo, quien es académico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de OHiggins (UOH).
¿Cuándo comenzó a cambiar nuestra forma de entender el malestar?
«Las primeras investigaciones aparecieron en la década de los 70, principalmente en Europa. A Chile el fenómeno llegó en los 90 con la globalización. En términos históricos, por ejemplo, en 1980 apareció el DSM- III, un manual diagnóstico y estadístico que la gente podía comprar directamente en una librería. Ese fue el primer momento en que uno pudo comprarse un manual y empezar a autodiagnosticarse».
¿Qué cambió con las nuevas versiones de estos manuales?
«Se han actualizado. Hasta el DSM-4, el diagnóstico se basaba principalmente en la presencia o ausencia de síntomas. Con la última versión, se introdujo un enfoque dimensional: para entenderlo mejor, la depresión ya no es solo sí o no, sino que se mide en una escala. Este cambio ha generado debate incluso dentro de la propia psiquiatría norteamericana».
¿Y qué riesgo ve en esa forma de entender las emociones?
«El debate está en que los seres humanos tenemos rasgos de todo: un día estamos tristes, al otro más felices; hay días grises, mañanas con cansancio y después estamos mejor. El enfoque dimensional ha posibilitado que cualquier variación normal del ánimo sea leída por las personas como un trastorno. El último manual genera la posibilidad de que las personas piensen que tienen un trastorno».
¿Entonces estamos confundiendo cada vez más el malestar cotidiano con una enfermedad?
«Tendemos a transformar en un problema médico lo que nos pasa. Aparece la idea de que las emociones son anormales. Se entiende, porque históricamente la medicina ha sido vista como algo que te soluciona las cosas. El problema de eso, y uno lo ve en los debates de la psiquiatría, es que nunca vamos a lograr tener a un médico en cada cuadra para resolver los problemas de todos. También se desvirtúa la función de los psicofármacos. Los mismos psiquiatras sienten esa presión y han expuesto en diferentes congresos que muchos pacientes llegan a la consulta solo porque están viviendo procesos sociales y no un trastorno».
¿Ha influido la individualización?
«Es el gran problema. Vivimos una individualización excesiva de las formas de sentir, tendemos a pensar que lo que nos ocurre es único. La verdad es que las emociones son compartidas por millones de personas, pero la cultura actual hace sentir el malestar como un proceso aislado y estrictamente personal».
¿Tiene que ver con la sociedad en que vivimos?
«No conversamos sobre lo que nos pasa porque existe miedo al rechazo. Los jóvenes crecen en una cultura profundamente individualista, competitiva y enfocada en el éxito. En redes sociales nadie muestra su vida real ni admite que atraviesa un mal momento o un fracaso laboral; existe la obligación implícita de estar siempre bien. Ese individualismo exacerbado, lo diré en buen chileno, nos ha vuelto para adentro: tapamos lo que sentimos en lugar de reflexionar comunitariamente sobre el tipo de sociedad que construimos».
¿La medicalización es también una forma de responder a la soledad?
«Esta estructura social nos está haciendo sentir solos y creer que lo que nos pasa únicamente nos ocurre a nosotros. Entonces, como no quiero conversarlo ni exponerlo para darme cuenta de que a otros les ocurre lo mismo, tiendo a transformarlo en un problema médico. Se estandarizó una forma de sentir; eso es lo que vemos hoy».
¿Cómo distinguir, entonces?
«Cuando lo que siento comienza a interferir de forma agresiva en mi rutina diaria, tengo problemas para dormir o para trabajar, por ejemplo, uno debería consultar con un médico. Pero hasta antes de eso, a unos nos puede ir bien, a otros mal, es parte de la vida».
«Aparece la idea de que las emociones son anormales», Jorge Gallardo, sociólogo.


