La pelota de Silva no entró. Por eso sólo queda seguir soñando. El futuro nunca termina. Sólo vuelve a comenzar. Y lo único cierto es que siempre serán los jóvenes quienes tendrán que levantarlo.
El arquero Fabiano Avello saca largo desde su área. Un par de segundos más tarde la pelota da un bote alto en campo contrario y encuentra a su compañero Christian Silva en un duelo cuerpo a cuerpo con Joan Martínez, el último defensor de Real Madrid. Silva pone el hombro y Martínez cae, para quedar solo ante el arquero Javi Navarro. El cronómetro marca 59 minutos y 39 segundos. La jugada abre una brecha en el destino.
Sin mucho tiempo para acomodarse, el delantero chileno mete una zurda furtiva que se le escabulle a Navarro y deja a Wanderers arriba en el marcador: 2-1 para la visita. Luego los verdes de Valparaíso, siempre con uno menos desde el minuto 25 por la expulsión de Alexander Dubó, sostienen su heroica defensa hasta el final y el partido termina así.
El golazo de Christian Silva, oriundo de El Carpintero, en un sector rural de Casablanca, da la vuelta al mundo. La rebeldía del goleador de 18 años que llegó a los 8 a Wanderers obtiene un premio más que merecido.
En un universo paralelo, esa pelota de Silva entró para decretar la alegría de toda una ciudad, y de todo un país detrás.
En el nuestro, no. No entró. Silva hizo lo que había que hacer y Navarro atajó. Podría ser el fin de esta historia, pero probablemente sólo es un nuevo comienzo. Con una lección incluida. Lo realmente importante estuvo antes del resultado. Wanderers, vencedor de Flamengo en la final de la Copa Libertadores Sub 20, llegó al Bernabéu y se comportó como si tuviera derecho a estar ahí. Sin pedir permiso. Sin mirar las tribunas como turistas. Christian Silva hizo un gol y estuvo a centímetros del segundo. Vicente Vargas atacó con una insolencia que a esa edad resulta imprescindible. Fabiano Avello sostuvo al equipo, atajó hasta un penal y salió jugando el partido como si fuera parte de su rutina. Benjamín Adasme resistió atrás cuando cada ataque blanco parecía una prueba de supervivencia.
Sebastián Jaramillo entró temprano para reparar el agujero que dejó la expulsión y ayudó a ordenar un equipo obligado a reinventarse. Cristóbal Ponce jugó con personalidad en una zona donde cualquier pelota perdida podía convertirse en una condena.
Ahí está quizás la enseñanza que debería mirar con atención el fútbol chileno. No en celebrar un 3-1 ni en inventar triunfos morales, esa especialidad nuestra cuando escasean los triunfos verdaderos. Está en comprender que estos muchachos necesitan partidos grandes, minutos, errores y confianza. Necesitan que los clubes crean en ellos antes de que una camiseta extranjera venga a certificarnos que eran buenos.
Hace diez años Chile todavía disfrutaba el fulgor de una Generación Dorada que también empezó alguna vez siendo un grupo de jóvenes incómodos, atrevidos y todavía imperfectos. Vidal, Sánchez, Medel, Bravo y tantos otros tampoco aparecieron terminados. Alguien tuvo que ponerlos a jugar. Ellos después hicieron el resto.
La pelota de Silva no entró. Por eso sólo queda seguir soñando. El futuro nunca termina. Sólo vuelve a comenzar. Y lo único cierto es que siempre serán los jóvenes quienes tendrán que levantarlo.


