Cristián Marín, socio fundador de Sonner, partió desde un minibús ruso mientras recorría Sudamérica
Llevan cerca de 100 toneladas de textil reutilizado y su mayor instalación son 280 metros cuadrados en las oficinas de Ripley.
La idea empezó con una molestia. Cristián Marín había trabajado en Marca Chile posicionando al país por sus atributos, uno de ellos la sustentabilidad, en los años en que se organizó la COP25 que finalmente no se hizo acá.
Mientras eso ocurría, en Alto Hospicio se apilaba el vertedero de ropa usada que hasta hoy se ve desde el aire. «Siempre me sonó raro que tuviéramos el tema del vertedero de ropa en Alto Hospicio, como guardando la basura debajo de la alfombra», dice.
Marín miraba esos cerros de prendas con una pregunta bastante práctica: si el algodón y el poliéster sirven para abrigar a una persona todos los días, algo más tienen que saber hacer. Un conocido lo invitó por esa época a tirar ideas de emprendimientos y se hicieron socios. Probaron mezclas durante meses buscando un producto hecho solo con biomateriales, y cuando tuvieron las primeras muestras las mandaron a un laboratorio. Ahí se les despejó la película: «La ropa tenía propiedades acústicas más altas que muchos otros absorbentes acústicos que se venden en el mercado».
Lo que salió de esos ensayos se llama Sonner y son paneles y revestimientos que se instalan en muros y techos para que los espacios interiores dejen de rebotar el sonido. El cliente entrega sus textiles en desuso, normalmente uniformes corporativos dados de baja, y los recibe convertidos en revestimiento colgado en sus propias paredes. Por cada metro cuadrado se ocupan entre cuatro y cinco kilos de tela. El caso más grande hasta ahora es el de Ripley: con los uniformes que retiraron de tiendas y banco, Sonner produjo más de 280 metros cuadrados instalados en oficinas y salas de reunión de varios pisos del edificio corporativo. «Es uno de nuestros casos emblemáticos y esperamos que pronto sean muchos Ripley más en el futuro», dice Marín.
Buena parte de eso ocurrió mientras él no estaba en Chile. Marín en septiembre de 2023 salió de Santiago con su señora, María Jesús Achondo, a recorrer Sudamérica en una Bukhanka, el minibús ruso 4×4 que camperizaron en el taller de su papá. Administró la empresa a distancia durante todo el viaje. «Además de mi matrimonio, Sonner y el viaje por Sudamérica han sido mis dos proyectos de vida durante los últimos cinco años», cuenta. Su rol desde la ruta fue el back office, porque siempre se ha desempeñado en el área de administración y finanzas: las platas, los papeles, la contabilidad, la parte tributaria, la facturación, la cobranza y las rendiciones de los dos créditos Corfo que se adjudicaron, más algo de apoyo en ventas.
Para alguien que nunca ha visto uno de estos paneles, cuéntenos qué le pasa a una camisa desde que llega a sus manos hasta que queda instalada en una pared.
«Esto es como hacer un queque. Cuando recibimos la ropa se deshuesa, es decir, se le extraen los botones, cierres, y otros elementos metálicos, luego se tritura y se mezcla con productos aglutinantes, para generar una pasta que se lleva a una bandeja a amoldado y posterior secado. Con el panel ya seco, lo cortamos, pintamos y le hacemos las terminaciones que definimos para cada cliente. Nosotros no vendemos un producto estándar».
Cuesta creer que algo hecho con ropa usada rinda más que la lana mineral, la espuma acústica o el corcho. ¿Por qué pasa eso?
«Aquí tenemos que eliminar un mito: no porque ese textil haya pasado por su uso inicial, como ropa, significa que sea malo. Una pieza sin muebles normalmente tiene una acústica mala, ¿no? El sonido rebota. Eso se llama reverberación. El comprobante más fácil para entender que el textil absorbe un montón es que cuando esa misma pieza tiene alfombras, un sillón, cojines o incluso cuadros, ese sonido inmediatamente se seca».
Cualquiera que escucha «panel de ropa reciclada» piensa en tres cosas: que va a oler, que se va a llenar de humedad y que se puede prender. ¿Cómo responde a esas tres?
«Nos hemos encontrado exactamente con esas dudas en visitas a clientes. Sobre el olor, el secado se hace controlando la humedad y la temperatura, como podría hacerse en la casa con la ropa recién lavada en una secadora, y además toda la ropa es higienizada antes del triturado. Sobre la humedad, junto con la pintura estamos añadiendo insumos que nos permiten minimizar el riesgo. Y sobre el fuego, hicimos un ensayo en el Idiem y nuestros paneles quedaron certificados como auto extinguibles clase HBF: se pueden dañar, pero no propagan el fuego».