Mois Navon desarrolló el chip precursor de los autos autónomos
El ingeniero y doctor en filosofía participó en un seminario sobre IA y humanidad en la Universidad del Desarrollo (UDD).
Hay algo casi seductor en la voz sin matices de la IA. No contradice, no exige, no juzga. Acepta con mansedumbre cualquier indicación y entrega a cambio una respuesta pulcra, veloz y sin fisuras. Frente a esa dócil eficiencia, el pensamiento humano -siempre imperfecto, accidentado y doloroso- parece de pronto un trámite prescindible. Sobre ese terreno reflexiona Moise Navon, cofundador del gigante de la conducción autónoma Mobileye y actual asesor de Anthropic, quien este martes participó en el seminario «Cuando la IA empieza a decidir, lo humano cobra relevancia», realizado en la Universidad del Desarrollo (UDD).
Para Navon, el avance de la IA no siempre debe mirarse desde la métrica del rendimiento, sino desde las pérdidas invisibles de la especie humana. «El verdadero peligro no es que las máquinas adquieran conciencia: es que las personas renuncien voluntariamente a la suya. Los robots y los vehículos autónomos vendrán, y van a cambiar nuestro mundo. No sé cuándo sucederá, pero sí, las máquinas van a llegar y hacer todo, y luego tendremos que reevaluarnos a nosotros mismos», reflexiona el ingeniero estadounidense-israelí.
¿Hemos empezado a delegarle a la IA la tarea de pensar, doctor Navon?
«Me da tristeza, pero es verdad. Y creo que esto también responde a que necesitamos plantear las cosas desde la ética, que significa hacer lo correcto y no lo incorrecto. Uno debería, en este momento, estar desarrollándose como ser humano. Si usamos la máquina para pensar, indirectamente lo que hacemos es permitir que la IA utilice nuestro lugar para reemplazarnos.
Creo que deberíamos usar estas grandiosas máquinas para que nos ayuden y nos asistan, pero no para que hagan las cosas por nosotros. La gente le está entregando su mente a la máquina. En lugar de escribir, por ejemplo, tu propio artículo, le das a la máquina la instrucción de que escriba el trabajo por ti».
Esa delegación también parece estar filtrándose en la forma en que nos relacionamos con los demás.
«Sí. Usar IA puede destruir nuestro intelecto. También se puede usar para destruir los aspectos sociales de la humanidad. A lo que me refiero con eso es que la gente se está haciendo amiga de las máquinas porque están diseñadas precisamente para ser tus amigas. Están elaboradas para la personalización. ChatGPT sabe todo sobre mí y todo lo que responde, lo hace desde mi mundo. Por este motivo me siento cómodo interactuando con él y haciéndole preguntas, y de repente desarrollas una relación con esa máquina y dejas de lado las relaciones humanas. Eso es terrible. Y no solo porque no estás hablando con personas ni interactuando con ellas, sino porque ahora no sabemos cómo hacerlo».
Si le entregamos el pensamiento y los afectos a la tecnología, ¿qué espacio queda para la creatividad humana?
«En esencia somos seres creativos. Necesitamos crear, y si le entregamos esa esencia a la máquina, básicamente nos estamos suicidando. Con esto no quiero decir que no debamos usar máquinas para crear cosas; me refiero a que la IA no puede reemplazar nuestra creatividad. Aunque las empresas tecnológicas desarrollen cosas para producir lo que sea que la humanidad necesite, nosotros aún deberíamos seguir creando».
¿Aunque una máquina pueda replicar el talento de un gran artista?
«Te daré un ejemplo: Marc Chagall es un pintor y crea pinturas hermosas. Ahora puedes pedirle a la máquina que te cree una pintura al estilo Chagall. Eso es fantástico, pero si tú eres Marc Chagall, necesitas seguir pintando y la gente necesita de ese arte. Las personas aún necesitamos crear, incluso si las máquinas lo están haciendo por nosotros. Yo personalmente creo que los humanos tendrán un aprecio por las creaciones humanas, incluso si las máquinas también las hacen».


